Lo primero que uno siente al ver un millón de personas vociferantes en la plaza Tahrir del Cairo y alrededores es alivio, porque para cualquier amigo de la democracia la larga edad de hielo que ha vivido el mundo árabe en la materia es exasperante. Las dictaduras son la norma en esta parte del mundo, y las únicas tendencias que parecían prosperar allí eran los fundamentalismos islámicos de variado cuño. Uno tendía a pensar que el fanatismo religioso, la tradición autoritaria y el dinero corruptor eran suficientes para vacunar a la región contra la democracia. No es así y pase lo que pase el futuro promete ser mejor que el pasado.
Aunque Egipto no tiene petróleo, no se debe subestimar ni por un instante su importancia estratégica. No sólo es el país más poblado del Medio Oriente, sino que hace muchas décadas actúa como precursor ideológico del mundo árabe. La zona a su vez es geopolíticamente crucial en el mundo —muchísimo más que América Latina, valga el ejemplo— debido a las inmensas reservas de hidrocarburos que alberga, imbricadas en una muy peligrosa volatilidad política de la que los eventos recientes son apenas una muestra.
Si se quiere entender lo que está en juego, piénsese en la consecuencia inevitable de toda revolución: el cambio. ¿A quién le aprovecha el cambio no sólo en Egipto, sino en el Medio Oriente, y a quién no? Es más fácil responder la segunda parte de la pregunta. El cambio no favorece a Estados Unidos ni al resto de Occidente, pues ellos nunca se interesaron en promover la democracia en la región. Da risa ver a los gringos descubrir ahora que un presidente que lleva 30 años en el poder es un dictador. Obama, por eso, ha sido pillado fuera de base, si bien otros jugadores regionales, digamos los regímenes islámicos autoritarios o la propia “democracia” mutilada de Israel, están peor.
Como la revolución egipcia fue desatada por contagio, la principal preocupación para el futuro es el así llamado efecto dominó. Al rompe, las víctimas potenciales más probables son Yemen, Argelia, Siria y Jordania, si bien Arabia Saudita, Libia, Marruecos o el propio Irán no están a salvo. El factor Israel parece congelado, pero sin duda surgirá luego, dado que el agresivo e intransigente Estado judío es una herida abierta en el flanco de las mayorías árabes.
Más difícil resulta establecer quién sale favorecido con la revolución egipcia, pues aparte de decir que le conviene a la gran masa de oprimidos, su carácter acéfalo no permite señalar ganadores claros. El factor determinante que la desató fue primero que todo la inflexibilidad del régimen, que no daba juego a nadie que no se sometiera a sus caprichos. Un segundo factor fue la combinación entre tecnología, educación, comunicaciones instantáneas y pobreza. Grandes masas de jóvenes se educaron y han ido adquiriendo habilidades cibernéticas que los empoderan. Otro factor fue la explosión demográfica, pues Mubarak tiene 82 años, mientras que más del 50% de la población egipcia tiene menos de 25 años y ve el futuro negro.
Sobra decir que nada ha concluido, y al menos yo seguiré pendiente de Al Jezeera
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